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viernes, 5 de junio de 2020

«Antropoceno: La Era Humana», testimonio del innegable efecto humano en el planeta

«Antropoceno: La Era Humana», testimonio del innegable efecto humano en el planeta
Por Paloma Martínez

El Antropoceno: aportes para la comprensión del cambio global (Resumen)

El Antropoceno puede definirse como una nueva era geológica que se caracteriza por el incremento en el potente y lesivo accionar de la especie humana sobre el planeta, en especial a partir de los últimos dos siglos. En este documento iniciamos definiendo el concepto, luego hacemos referencia al origen, surgimiento y características de esta era, para luego realizar un breve análisis de la importancia que adquiere en la investigación dentro de la geografía. Culminamos con algunas ideas, donde asumimos que el desenvolvimiento social en función de elementos naturales considerados como inmutables solo conllevan a generar y sufrir desequilibrios ambientales sin precedente alguno en la historia humana reciente, aumentando la incertidumbre. 

Palabras clave: Antropoceno, geografía, naturaleza, ambiente, sociedad, planeta. 


The Anthropocene: contributions to understanding global change (Abstract) 

The Anthropocene could be defined as a new geological era characterized by the increase in powerful actions of the human species on the planet, particularly from the last two centuries. This paper began by defining the concept, then we refer to the origin, emergence and characteristics of this era, and then make a brief analysis of the importance acquired in research within geography. We ended with some ideas, which assume that social development based on natural elements considered as immutable only lead to environmental imbalances generate and suffer no recent precedent in human history, increasing uncertainty. 

Keywords: Anthropocene, geography, nature, environment, society, planet

Desde hace dos siglos se efectúan trasformaciones fuertes sobre los elementos geofísicos y biológicos del planeta a causa de la acción directa de la especie humana, superando incluso a los procesos de modelado geomorfológico inherentes a la dinámica natural de la Tierra. Las innovaciones tecno-científicas del siglo XVIII y XIX, junto a la explotación intensiva y extensiva de los recursos1 fósiles, permitieron consolidar a la especie humana contemporánea en un primer estadio de aparente hegemonía con potencial de manipulación exacerbada, como nunca antes, sobre casi todos los elementos naturales del mundo. A este nuevo estadio o fase de tendencia global se le ha dado el nombre de Antropoceno2, era geológica que representa el accionar potente del ser humano sobre la litosfera, la biósfera,  la hidrósfera y la atmosfera, es decir sobre el planeta en su conjunto, catalizando el aceleramiento del cambio climático de origen natural, con efectos futuros inciertos y con consecuencias adversas para muchas especies, en diversas dimensiones, incluida la humana3.  

En las últimas décadas, especialmente a partir de mediados del siglo XX, la injerencia humana sobre el planeta se ha potencializado aún más a causa de las posibilidades que brindan las tecnologías digitales de la información y la comunicación (TDIC)4. Como extensión de la técnica, este nuevo paradigma ha permitido revolucionar el mundo mediante el flujo acelerado de información a escala planetaria y extra-planetaria, lo cual permite asumir que ha aportado sustancialmente a la modificación del mundo. Resulta contradictorio, en apariencia, que mientras los indicadores económicos de producción y consumo, de innovación tecnológica, de intercambio de información, de avances en la  biotecnología y en exploración espacial sean tangibles, con el pasar de los días las valoraciones ecosistémicas y socio-ambientales son cada vez más desfavorables. La apariencia de esta contradicción radica en que precisamente la ciencia y la técnica son los promotores de la explotación y transformación del planeta, es decir de la vida y sus ecosistemas. La ciencia actual está al servicio de la explotación y transformación del planeta y no de la conservación de la vida.  

Hoy día, más que nunca, el crecimiento económico desigual y depredador ha abierto una brecha gigantesca entre ricos y pobres, poderosos y débiles, entre grupos pequeños de individuos y corporaciones hegemónicas poseedoras de información estratégica empleada generalmente para manipular comunidades y ecosistemas. La generación de residuos contaminantes derivados de procesos técnico-industriales desencadenan mayor agotamiento y destrucción de muchos elementos naturales, aportando de manera significativa al incremento de la temperatura media global, así como a la alteración del agua continental y oceánica.
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 1 A causa de la naturaleza discursiva de los documentos consultados para este texto se retoma la noción de “recurso”, sin perder de vista lo inconveniente que resulta su acepción meramente economicista. Desde ciertas perspectivas todo el conjunto de la naturaleza debe asumirse como parte de la complejidad de la vida, de tal manera que en general la noción de recurso conlleva a la cosificación, por ejemplo del agua.
 2 Glaser, Krause, Ratter y Welp, 2012; Hamilton, Bonneuil y Gemenne, 2015; Wark, 2015; Human Animal Research Network Editorial Collective, 2015; Dukes, 2011; Ehlers y Krafft, 2006; Vince, 2014; Globaia, 2015.    
3 Las perspectivas actuales respecto al Antropoceno son muy variadas, y van desde las ligadas a las ciencias de la Tierra hasta la antropología. Aquí pretendemos aportar puentes para que la geografía preste atención a este asunto desde lógicas amplias.       4 Chaparro, 2009.

Fenómenos sociales como la pobreza, las pandemias, las hambrunas, la violencia, los conflictos territoriales, y hasta los desastres naturales, forman parte de la evolución reciente del hombre y su entorno, es decir del Antropoceno5.

Este artículo, realizado principalmente con materiales disponibles en Internet, en primera instancia aborda el significado del Antropoceno, luego se establecen algunos aspectos básicos sobre sus orígenes, para posteriormente señalar sus características fundamentales. En seguida se alude a la importancia del Antropoceno para la geografía y se culmina con algunas ideas finales.    


¿Qué es el Antropoceno?
El concepto fue establecido por el premio Nobel de Química Paul Crutzen en el año 2002. Este investigador lo definió como el periodo que se origina al final del siglo XVIII, en el cual se denotan los cambios que el hombre ha generado sobre la faz de la Tierra6. Afirma que el Antropoceno se empieza a consolidar desde la última parte del siglo XVIII, luego de analizar el aire atrapado en las masas de hielo en los polos; los resultados mostraron un margen considerable de concentración de metano y dióxido de carbono producto de actividades antrópicas trasformado las condiciones atmosféricas del planeta. También se considera al Antropoceno como el periodo histórico donde el volumen de actividades humanas ha tenido tal efecto sobre el planeta, que ha alterado los sistemas fundamentales para el sostenimiento de la vida7.  

El Antropoceno denota un comportamiento reciente distinguido por la alteración transversal y desproporcionada en todos los ecosistemas de la Tierra, particularmente por el uso de energía proveniente de la extracción y utilización de combustibles fósiles8. La situación se relaciona con el incremento de la productividad tecno-industrial, así como al crecimiento desbordado de la población junto a la hiper-urbanización, los cambios en el suelo y la cobertura vegetal. Todo esto está ocasionando un cambio climático que tiene su origen en el funcionamiento normal del planeta, pero que se refuerza e intensifica por los procesos antropogénicos de diversa índole9. 

En febrero de 2008 la Comisión Estratigráfica de la Sociedad Geológica de Londres finalmente reconoció la entrada en escena de una nueva era denominada Antropoceno, reafirmando lo expresado por Crutzen el año inmediatamente anterior. Mencionó en ese instante que el planeta en conjunto había cruzado las fronteras del Holoceno, época caracterizada por la estabilidad –relativa– del clima en un lapso de tiempo aproximado de doce mil años, en la cual se dio el florecimiento de la agricultura y el establecimiento de sociedades urbanas. La comisión caracterizó al Antropoceno como un nuevo periodo, que marca claramente una tendencia al incremento en la temperatura del planeta por causa de los gases que refuerzan el efecto invernadero; al igual esta fase se correlaciona con el aumento de la inestabilidad de las condiciones ambientales, el incremento de la incertidumbre y de la poca previsibilidad de los escenarios a futuro.

5 No sobra señalar que este texto no puede asumirse como una revisión y discusión exhaustiva sino como un punto de partida respecto al Antropoceno y su relación con la geografía. 6 Kolbert, 2010, en: Gómez, 2011. 7 Martínez, 2009. 8 Vilches y Pérez, 2011. 9 Chaparro y Jaramillo, 2000.


VER MÁS AQUÍ

TEDxCanberra - Will Steffen - The Anthropocene

El Antropoceno - VPRO documentál - 2017

"ANTHROPOCENE: The Human Epoch" o la imponente presencia de la humanidad...

El Antropozeno, ¿la nueva era geológica?

¿Adentrándonos de un modo gradual en un Antropoceno?


El término “Antropoceno” sirve para designar la era geológica en la que estamos viviendo. 
El debate sobre el concepto tiene importantes consecuencias políticas.


En febrero del año 2000, durante un congreso internacional celebrado en Cuernavaca, México, un puñado de científicos discutía sobre la intensidad del impacto humano en el planeta. Paul J. Crutzen, químico galardonado con el Premio Nobel por sus trabajos sobre la capa de ozono, se puso de pie y exclamó: “¡No! Ya no vivimos en el Holoceno, sino en... ¡el Antropoceno!” Se acuñaba de este modo un nuevo término y, probablemente, nacía una nueva era geológica. O, al menos, así reza la anécdota. Print the legend. Su espontáneo hallazgo exigía un rápido desarrollo, por lo que Crutzen publicó ese mismo año, junto con el biólogo estadounidense Eugene F. Stoermer (que venía empleando el término desde los inicios de los ochenta del siglo XX), un artículo que planteaba de manera formal la hipótesis del Antropoceno, ampliada por él mismo en solitario en la revista Nature dos años más tarde y sucesivamente refinada por un conjunto de científicos e historiadores que han tratado de conformar desde entonces una versión “oficial” de esta. 
QUOTES BY PAUL J. CRUTZEN | A-Z Quotes
Paul J. Crutzen y Eugene F. Stoermer, “The Anthropocene”, Global Change Newsletter, 41 (2000), pp. 17-18; Paul J. Crutzen, “Geology of mankind”, Nature, 415 (2002), p. 23.
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Su tenor puede resumirse con sencillez: la Tierra estaría abandonando el Holoceno, cuyas condiciones climáticas relativamente estables han sido propicias para la especie humana, y adentrándose de un modo gradual en un Antropoceno de rasgos aún imprevisibles. La causa más relevante de dicho desplazamiento sería la influencia de la actividad humana sobre los sistemas terrestres, lo que habría provocado el acoplamiento irreversible de los sistemas sociales y naturales. Aunque el cambio climático es la manifestación más llamativa de esta transformación, está lejos de ser la única: en la lista también figuran la disminución de la naturaleza virgen, la urbanización, la agricultura industrial, la infraestructura del transporte, las actividades mineras, la pérdida de biodiversidad, la modificación genética de organismos, los avances tecnológicos, la acidificación de los océanos o la creciente hibridación socionatural. Se trata de un cambio cuantitativo de tal envergadura que ha pasado a ser cualitativo. De esta manera, la humanidad se ha convertido en una fuerza geológica global.
Desde su presentación en sociedad, la propuesta ha ganado tracción muy rápidamente y ha generado un intenso debate que trasciende las propias ciencias naturales. Nature pidió el reconocimiento científico y público del Antropoceno en un editorial en 2011, y la prensa generalista ha incorporado el término de forma paulatina después de que The Economist le diera una sonora bienvenida en su portada del 26 de mayo de ese mismo año. También se le han dedicado exposiciones, como la del Deutsches Museum de Múnich o la del Museo de Ciencias Naturales de Madrid. Y, aunque su impacto en la cultura popular parezca todavía limitado, el género de la cli-fi (o ficción climática) ha empezado a incorporarlo: ahí está el ciclo de las novelas que Kim Stanley Robinson dedica a la colonización humana de Marte o la desoladora fábula que compone Cormac McCarthy en La carretera; aunque no está de más señalar que la distopía climática fue inaugurada en 1964 por J. G. Ballard con La sequía. Es pronto para aventurar si el término “Antropoceno” cautivará o no a la imaginación pública, pero su gradual implantación sugiere que compartirá protagonismo en el debate público sobre el futuro de la especie con el cambio climático.
De hecho, resulta llamativo que esta rápida difusión se produzca antes de que el concepto haya obtenido un reconocimiento oficial. El Anthropocene Working Group, formado por 35 científicos dedicados a promover el reconocimiento de la nueva época, votó en 2016 solicitar su formalización a la Comisión Internacional de Estratigrafía. Será este organismo quien decida al respecto, tras oír las recomendaciones de la subcomisión de Estratigrafía Cuaternaria, compuesta por especialistas en el periodo del mismo nombre. Así pues, no sabremos hasta dentro de varios años si al Pleistoceno y al Holoceno les sucederá el Antropoceno, dado el rigor de las pruebas que habrán de presentarse para justificar tan inusual petición: al tiempo geológico no se le puede meter prisa.
Sin embargo, ni siquiera un eventual rechazo de la propuesta representaría el repentino fin del Antropoceno. La hipótesis no solo cuenta con avales científicos suficientes para ser tomada en serio, sino que apunta hacia una realidad que trasciende las propias fronteras de la geología. Tal como apunta el paleoecólogo Valentí Rull, no es necesario definir formalmente el Antropoceno como una época geológica para aceptar que la actividad humana ha cambiado los procesos del sistema terrestre de manera significativa durante los últimos siglos;




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 tampoco para reflexionar sobre las implicaciones morales y políticas de esa profunda alteración. En ese sentido, el éxito del concepto demuestra su oportunidad: se diría que lo estábamos esperando. El Antropoceno ha proporcionado así aval científico a una intuición compartida acerca del estado de las relaciones socionaturales y ha servido como marco general para su discusión. Incluso si los geólogos rechazan la noción o esta no logra atraer el interés del público de masas, la realidad que describe no va a desaparecer. ¡Ya vivimos en el Antropoceno!
En puridad, el término denota tres significados diferentes, aunque complementarios. Por un lado, es un periodo de tiempo, un tracto histórico que, para un número creciente de científicos, debe ser reconocido como una nueva época geológica en razón de las novedades planetarias que incorpora. Por otro, constituye un momento preciso en la historia natural, además de un estado particular de las relaciones entre la humanidad y el mundo no humano: la transición del Holoceno al Antropoceno. Finalmente, puede utilizarse como una herramienta epistémica, esto es, como un nuevo marco para la comprensión de los fenómenos naturales y sociales que exige dejar de estudiar estos últimos de forma separada. El Antropoceno nos recuerda que naturaleza y sociedad se encuentran profundamente relacionadas.
Y, además, nos muestra que esa entidad que denominamos “naturaleza” es una realidad dinámica y cambiante con la que mantenemos una interacción cada vez más compleja. No resulta casual que, como afirmase célebremente Raymond Williams, la palabra sea una de las más difíciles del lenguaje.




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 En su evolución semántica, el concepto ha incluido las distintas dimensiones de la vida humana y ha señalado los límites del conocimiento científico, así como su potencialidad transformadora: la historia humana podría verse como la historia de nuestras relaciones con la naturaleza.




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 No podemos entendernos a nosotros mismos sin recurrir a ella.
En los últimos dos siglos y medio, desde el advenimiento del industrialismo, nuestro conocimiento del mundo natural ha aumentado tanto como nuestro impacto material sobre él. El resultado se traduce en que hemos transformado la naturaleza, al tiempo que descubríamos su influencia sobre nosotros: de Darwin a la doble hélice. Este largo proceso de imbricación socionatural llega a su paroxismo con el Antropoceno, que confirma la coevolución de naturaleza y sociedad y deja al descubierto la densa red de conexiones existentes entre una y otra. Huelga decir que esta penetración humana en el mundo natural ha provocado un conjunto de problemas medioambientales –del cambio climático a la pérdida de biodiversidad– que han de situarse en el centro del debate público.
Por su parte el Antropoceno también cuestiona el hecho de que podamos seguir hablando de problemas medioambientales a la manera clásica. El historiador Dipesh Chakrabarty ha enfatizado que en la transición al Antropoceno convergen tres historias distintas que hasta ahora permanecían separadas: la historia del sistema terrestre, la historia de la vida (sin olvidar la evolución del ser humano) y la más reciente historia de la civilización industrial. Si la desestabilización de los sistemas planetarios es aguda, incluidos un aumento excesivo de la temperatura global y sus posteriores efectos ecológicos, podemos olvidarnos de la búsqueda individual de eso que los filósofos llaman la “buena vida”: la naturaleza no humanizada acabaría con la vida humana. Este tipo de sublime finale es mostrado en Melancolía, la película de Lars von Trier donde otro planeta choca con la Tierra por razones de orden astronómico que enseguida pierden importancia. Podemos leer esa intrusión espacial como un desdoblamiento metafórico de la Tierra, que se bastará a sí misma si todo sale mal para devolver a la especie humana a la nada de la que surgió. No debe extrañarnos, por tanto, que el Antropoceno incorpore sin esfuerzo un punto de vista apocalíptico.
Y es que nada garantiza que la adaptación agresiva protagonizada por la especie humana no termine siendo una desadaptación de fatales consecuencias. En palabras del historiador medioambiental John R. McNeill, hemos convertido la Tierra en un gigantesco laboratorio, sin que podamos anticipar el resultado de un experimento todavía en marcha.




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 ¿Hemos de continuarlo, detenerlo, acelerarlo? Salta a la vista que el Antropoceno constituye una hipótesis científica con una fuerte carga moral: el reconocimiento de que los seres humanos han transformado de forma masiva la naturaleza implica que ahora tienen –tenemos– una responsabilidad hacia el planeta: como hogar de la especie humana, como hábitat para otras especies, como entidad significativa en sí misma. El debate sobre el Antropoceno acarrea por tanto importantes consecuencias políticas, pues la decisión acerca de cómo proceder parece una decisión colectiva que ha de ser políticamente debatida, adoptada y aplicada.
No será fácil. El consenso científico sobre la alteración antropogénica del sistema terrestre no tiene por qué traducirse en uno social y mucho menos político. La mejor prueba de esto la proporciona la controversia política acerca del cambio climático, hipótesis que una parte estimable de la población considera infundada por razones de alineamiento ideológico: mientras los progresistas han promovido o aceptado la causa del cambio climático, los conservadores han tendido a rechazarla. Incluso el sector culto de tendencia conservadora propende a hacer una lectura política de la ciencia climática. Sin duda, los excesos proféticos del medioambientalismo ayudan a explicar este escepticismo: el colapso ecológico ha sido anunciado demasiadas veces y no es ya creíble. Algo parecido puede decirse de las recomendaciones formuladas por el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (ipcc por sus siglas en inglés), obligado a comunicar sus hallazgos de manera apocalíptica para obtener la atención de gobiernos y ciudadanos. Sin embargo, es preciso diferenciar entre ciencia del clima y política del clima: entre aquellos hechos susceptibles de ser comprobados empíricamente y las conclusiones que puedan extraerse de estos. En ese sentido, no hay ninguna razón para dudar de que existe un cambio climático cuya causa es principalmente antropogénica: el acuerdo de la comunidad científica al respecto resulta casi unánime. El núcleo esencial de la ciencia climática debe, por tanto, ser aceptado sin reservas por todos aquellos ciudadanos que, en otras esferas de su vida, acepten la autoridad epistemológica de la ciencia moderna; el resto, en cambio, está abierto a discusión.
A fin de cuentas, si tuviéramos la absoluta certeza de que el cambio climático es de origen antropogénico, la absoluta certeza de que, si no tomamos medidas radicales, la especie no sobrevivirá, así como la absoluta certeza de que las medidas en cuestión serían eficaces, ¿alguien duda de que las adoptaríamos? De ahí que tal vez sea más razonable distinguir entre diferentes grados de certidumbre –o de incertidumbre– a la hora de tomar decisiones de política pública. Así, poseemos un alto grado de certidumbre acerca del calentamiento en sí mismo, esto es, del aumento gradual de las temperaturas durante el último siglo. Y, aunque es más fácil identificar una tendencia empíricamente constatable que establecer una relación de causalidad, todo indica que la actividad humana ha contribuido de forma significativa a ese incremento, sin que pueda descartarse del todo una evolución climática de largo recorrido sin intervención humana. Mucho más difícil será predecir el desarrollo futuro de esta tendencia, ya que los factores que deben considerarse son tantos y tan variados como abundantes sus combinaciones: demografía mundial, desarrollo tecnológico, política energética, hábitos alimentarios. De ahí que se diseñen diferentes escenarios, cada uno de los cuales proporciona la imagen de un futuro posible mediante una simulación informática que procesa los datos hoy disponibles.




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 Sobre esa base hemos de adoptar decisiones políticas informadas por la ciencia, no convertir las recomendaciones científicas en decisiones políticas. Se trata de un equilibrio delicado que no puede inclinarse –a la espera de noticias más tajantes– ni hacia el escepticismo, ni hacia el dogmatismo.
Si tenemos pruebas más o menos concluyentes de que las temperaturas aumentan, aunque no podamos saber exactamente qué evolución van a experimentar en el futuro, y existealgunaposibilidad de que el hombre sea un agente activo de dicho cambio, entonces pierden importancia dos posibilidades anejas: que el hombre no tenga nada que ver con el cambio observado o que ya sea tarde para influir en ese proceso. Igual que el creyente pascaliano apostaba por la existencia divina, al tratarse de la única posibilidad de acceder a la salvación, exista o no, nuestro curso de acción más lógico –la maximización de nuestras oportunidades– es actuar como si algún tipo de reorganización social pudiera revertir el calentamiento o mitigar sus efectos. Cualquier otra apuesta carece de sentido. ¡Incluso el Vaticano se ha hecho eco del problema! Ahora bien, que deba hacerse algo no indica automáticamente qué debe hacerse. Y aquí conviene recordar el fracaso de los grandes proyectos de ingeniería social con que nos obsequió el siglo XX para defender la conveniencia de hacer lo posible dentro de lo razonable o, lo que es igual, para desarrollar políticas cuya magnitud se corresponda con el grado de incertidumbre antes descrito. Desde este punto de vista, una política razonable de mitigación del cambio climático equivale a la contratación de una póliza de seguro de la que no es prudente prescindir; lo mismo sirve para las políticas de adaptación al cambio ya en marcha y, por extensión, para todos los desafíos que plantea el fin del Holoceno. ~


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